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Nelson Mandela Parte 8



3. EL MANDELA PRESIDENTE: LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO MULTIRRACIAL Y LA ASIGNATURA SOCIOECONÓMICA 
En Mandela recayeron todas las esperanzas de un pueblo que, si bien había conseguido la plenitud de derechos políticos, aún topaba con barreras, por el momento infranqueables, para su promoción social, educativa y profesional, y que, por encima de todo, ansiaba salir de su extremada postración económica. Los millones de habitantes de los guetos y los barrios de miseria que rodeaban Johannesburgo, Ciudad del Cabo, Durban y otras urbes habían esperado toda su vida este momento y la mayoría estaban dispuestos a esperar, con ilusionada paciencia, un poco más. 


3.1. Una democracia operativa

El presidente definió unas reglas de juego que equilibraban el dominio indiscutible del ANC con la cooperación y la concesión de parcelas de poder y responsabilidad a los demás partidos importantes, algunos de los cuales –particularmente, el Inkatha de Buthelezi- no eran aliados naturales y ni tan siquiera fácticos, sino sólo unos socios forzosos y necesarios, en aras del bien común. 

Con sensatez y realismo, Mandela confió al NP sectores clave de manera casi en exclusiva, como la dirección económica y la alta empresa, o en un régimen de cogestión, como la defensa y la seguridad interior. Con Mandela a su frente, el ANC renunció a ejercer el rodillo negro, tan temido por los antiguos amos del país, aunque también era cierto que la no tenencia de la mayoría absoluta de dos tercios en el Legislativo, requerida para aprobar reformas constitucionales, no era un estímulo para las hipotéticas tentaciones de hegemonía absoluta. 

En el quinquenio presidencial, el sistema político innegablemente funcionó: se aseguró el total respaldo internacional; implicó a las élites blancas, luego de calmar sus últimas aprensiones, en la normalización del país; desarmó dialécticamente, con más rapidez de lo esperado, a la extrema derecha racista, que se automarginó completamente del escenario político; y apaciguó a ojos vista –aunque no del todo- las tensiones violentas en la provincia de KwaZulu-Natal, luego de ir aceptando el IFP su posición secundaria en el nuevo orden político. 

El ANC asimiló los principios de la democracia parlamentaria más exquisita, permitiendo el normal funcionamiento de una verdadera oposición política (aunque sin posibilidad de alternancia por voluntad de la mayoría), una libertad de prensa que para sí quisieran algunos países europeos, un poder judicial independiente y el marco jurídico que brindaba una de las constituciones más progresistas del mundo. 
3. EL MANDELA PRESIDENTE: LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO MULTIRRACIAL Y LA ASIGNATURA SOCIOECONÓMICA 
En Mandela recayeron todas las esperanzas de un pueblo que, si bien había conseguido la plenitud de derechos políticos, aún topaba con barreras, por el momento infranqueables, para su promoción social, educativa y profesional, y que, por encima de todo, ansiaba salir de su extremada postración económica. Los millones de habitantes de los guetos y los barrios de miseria que rodeaban Johannesburgo, Ciudad del Cabo, Durban y otras urbes habían esperado toda su vida este momento y la mayoría estaban dispuestos a esperar, con ilusionada paciencia, un poco más. 


3.1. Una democracia operativa

El presidente definió unas reglas de juego que equilibraban el dominio indiscutible del ANC con la cooperación y la concesión de parcelas de poder y responsabilidad a los demás partidos importantes, algunos de los cuales –particularmente, el Inkatha de Buthelezi- no eran aliados naturales y ni tan siquiera fácticos, sino sólo unos socios forzosos y necesarios, en aras del bien común. 

Con sensatez y realismo, Mandela confió al NP sectores clave de manera casi en exclusiva, como la dirección económica y la alta empresa, o en un régimen de cogestión, como la defensa y la seguridad interior. Con Mandela a su frente, el ANC renunció a ejercer el rodillo negro, tan temido por los antiguos amos del país, aunque también era cierto que la no tenencia de la mayoría absoluta de dos tercios en el Legislativo, requerida para aprobar reformas constitucionales, no era un estímulo para las hipotéticas tentaciones de hegemonía absoluta. 

En el quinquenio presidencial, el sistema político innegablemente funcionó: se aseguró el total respaldo internacional; implicó a las élites blancas, luego de calmar sus últimas aprensiones, en la normalización del país; desarmó dialécticamente, con más rapidez de lo esperado, a la extrema derecha racista, que se automarginó completamente del escenario político; y apaciguó a ojos vista –aunque no del todo- las tensiones violentas en la provincia de KwaZulu-Natal, luego de ir aceptando el IFP su posición secundaria en el nuevo orden político. 

El ANC asimiló los principios de la democracia parlamentaria más exquisita, permitiendo el normal funcionamiento de una verdadera oposición política (aunque sin posibilidad de alternancia por voluntad de la mayoría), una libertad de prensa que para sí quisieran algunos países europeos, un poder judicial independiente y el marco jurídico que brindaba una de las constituciones más progresistas del mundo.