Mandela, mediador en las guerras africanas; el encontronazo con Mugabe



 Mandela, mediador en las guerras africanas; el encontronazo con Mugabe 
Durante su mandato, y también con posterioridad al mismo, el dirigente sudafricano ejerció una suprema autoridad moral en varios de los conflictos bélicos que asolaban el continente negro, presentándose a los contendientes como árbitro y facilitador. El 4 de mayo de 1997 intentó reconciliar, reuniéndolos en la ciudad congoleña de Point Noire, al dictador zaireño Mobutu Sese Seko y al líder guerrillero 
Laurent Kabila. La tentativa fracasó y al cabo de unos días Kabila y sus rebeldes conquistaron Kinshasa y pusieron término a 22 años de régimen mobutista. 

En la segunda guerra civil que estalló en agosto de 1998 en la rebautizada República Democrática del Congo, caracterizada por la profusión de contendientes y la mortalidad de civiles a una escala sin precedentes, y que terminó suponiendo la intervención militar directa de siete estados de la región, Mandela multiplicó sus esfuerzos pacificadores. 

Aunque sus simpatías por el Gobierno de Kabila eran manifiestas, el dirigente sudafricano adoptó en el seno de la SADC (de la que fue presidente de turno hasta septiembre de 1998) una posición sumamente cauta, hasta el punto de enfrentarse con el presidente zimbabwo, 
Robert Mugabe, por su decisión belicista de enviar un fuerte contingente de tropas en ayuda de Kabila, acosado desde el este por la potente ofensiva rwando-ugandesa. 

Los roces entre Mandela y Mugabe sugerían una rivalidad apenas soterrada por el liderazgo regional. Que Mugabe, un luchador por la libertad en la antigua Rhodesia del Sur devenido autócrata sin escrúpulos, hubiese sido en la década de los ochenta un gran valedor de la Línea del Frente, no fue óbice para que Mandela pusiera muy mala cara a la violenta reforma agraria lanzada por el Gobierno de Harare a finales de 1999, en la que sus partidarios, inflamados por la retórica nacionalista y de odio racial que destilaba el régimen del ZANU-PF, se dedicaron a asaltar las granjas de los ciudadanos blancos, causando muertos y destrucciones, y sumiendo al país en una situación social y política explosiva, amén de abocarlo a la ruina económica. 

En mayo de 2000, ya fuera de la Presidencia, y mientras Mbeki intentaba influir positivamente en el conflicto zimbabwo con su criticada estrategia de la "diplomacia tranquila", que omitía cualquier atisbo de crítica a Harare, Mandela se descolgó con unas declaraciones, insólitamente crudas en él, donde aseguraba que en África había "líderes que un día comandaron ejércitos de liberación" y que luego habían hecho "una enorme riqueza" y únicamente se mostraban interesados en "explotar a los pobres y movilizar a niños para lanzarlos a morir por su enriquecimiento personal". 

"Esa es la lección de la historia", sentenciaba Mandela, que "los tiranos de hoy pueden ser destruidos por vosotros [los pueblos que los padecen], y confío en que tengáis la capacidad de hacerlo". Preguntado por los asombrados periodistas si se estaba refiriendo a Mugabe, Mandela respondió: "Todo el mundo sabe de quién estoy hablando". En junio de 2008 Mandela volvería a fustigar a Mugabe, denunciando el "trágico fracaso del liderazgo" del presidente zimbabwo. 

La tendencia a buscar en la nueva Sudáfrica democrática una autoridad fuerte para la resolución de todo tipo de desavenencias y crisis nacionales en los estados de la zona pareció prefigurar un escenario de presencia militar activa. Sin embargo, el Mandela presidente se mostró bastante reticente a las fórmulas expeditivas, que permitirían a Sudáfrica demostrar a las claras su condición de potencia regional en la parte meridional del continente (como Nigeria podía serlo en África occidental), por entender que las intervenciones militares, ya fueran de interposición, de pacificación o en misión humanitaria, podían fácilmente añadir más leña al fuego y agravar el conflicto de turno.

La única excepción a este pensamiento, no por ello menos clamorosa y polémica por su carácter drástico y de injerencia, fue el envío el 22 de septiembre de 1998 de un destacamento de 800 soldados, junto con tropas de Botswana, al estado de Lesotho, pequeño reino independiente incrustado en Sudáfrica, entre las provincias del Cabo Oriental, KwaZulu-Natal y el Estado Libre, para poner orden en un contexto de crisis política poselectoral y de motines militares. 

La intervención del Ejército sudafricano, producida a petición del acosado primer ministro
Pakalitha Mosisili, dio lugar a algunos enfrentamientos con las tropas locales amotinadas en la capital, Maseru, antes de conseguir imponer la paz y preservar la legalidad constitucional. 

La actividad facilitadora de Mandela se cobró su mayor éxito en Burundi, donde en octubre de 1999 tomó el relevo al fallecido Julius Nyerere, el esclarecido ex presidente tanzano, en los esfuerzos para la instalación de un poder compartido entre las distintas tendencias de la minoría tutsi y la mayoría hutu, cuyos enfrentamientos sectarios desde 1993 habían arrastrado al pequeño país centroafricano a una devastadora guerra civil. 

El 28 de agosto de 2000 Mandela presidió en Arusha, Tanzania, la firma de un Acuerdo de Paz y Reconciliación, el cual, si bien no detuvo todavía la guerra civil, sí puso en marcha en Burundi una transición política que iba a culminar positivamente en 2005 con la celebración de elecciones democráticas. El líder sudafricano anunció el fin de su mediación en Burundi el primero de noviembre de 2001, en la inauguración, vigilada por 700 soldados de su país, del nuevo Gobierno multipartito de transición, aunque se comprometió a continuar como "garante moral" del Acuerdo de Arusha. 

Dentro de la Presidencia, la última mediación destacada de Mandela fue, en marzo de 1999, en las negociaciones entre el régimen libio de 
Muammar al-Gaddafi y los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido para la suspensión de las sanciones de la ONU al país magrebí a cambio de la entrega a la justicia escocesa, para su juicio en los Países Bajos, de los dos ciudadanos libios acusados de perpetrar el atentado contra el avión de la Pan Am que en 1988 fue destruido en pleno vuelo sobre la localidad de Lockerbie. 4.2. Mandela, mediador en las guerras africanas; el encontronazo con Mugabe 
Durante su mandato, y también con posterioridad al mismo, el dirigente sudafricano ejerció una suprema autoridad moral en varios de los conflictos bélicos que asolaban el continente negro, presentándose a los contendientes como árbitro y facilitador. El 4 de mayo de 1997 intentó reconciliar, reuniéndolos en la ciudad congoleña de Point Noire, al dictador zaireño Mobutu Sese Seko y al líder guerrillero 
Laurent Kabila. La tentativa fracasó y al cabo de unos días Kabila y sus rebeldes conquistaron Kinshasa y pusieron término a 22 años de régimen mobutista. 

En la segunda guerra civil que estalló en agosto de 1998 en la rebautizada República Democrática del Congo, caracterizada por la profusión de contendientes y la mortalidad de civiles a una escala sin precedentes, y que terminó suponiendo la intervención militar directa de siete estados de la región, Mandela multiplicó sus esfuerzos pacificadores. 

Aunque sus simpatías por el Gobierno de Kabila eran manifiestas, el dirigente sudafricano adoptó en el seno de la SADC (de la que fue presidente de turno hasta septiembre de 1998) una posición sumamente cauta, hasta el punto de enfrentarse con el presidente zimbabwo, 
Robert Mugabe, por su decisión belicista de enviar un fuerte contingente de tropas en ayuda de Kabila, acosado desde el este por la potente ofensiva rwando-ugandesa. 

Los roces entre Mandela y Mugabe sugerían una rivalidad apenas soterrada por el liderazgo regional. Que Mugabe, un luchador por la libertad en la antigua Rhodesia del Sur devenido autócrata sin escrúpulos, hubiese sido en la década de los ochenta un gran valedor de la Línea del Frente, no fue óbice para que Mandela pusiera muy mala cara a la violenta reforma agraria lanzada por el Gobierno de Harare a finales de 1999, en la que sus partidarios, inflamados por la retórica nacionalista y de odio racial que destilaba el régimen del ZANU-PF, se dedicaron a asaltar las granjas de los ciudadanos blancos, causando muertos y destrucciones, y sumiendo al país en una situación social y política explosiva, amén de abocarlo a la ruina económica. 

En mayo de 2000, ya fuera de la Presidencia, y mientras Mbeki intentaba influir positivamente en el conflicto zimbabwo con su criticada estrategia de la "diplomacia tranquila", que omitía cualquier atisbo de crítica a Harare, Mandela se descolgó con unas declaraciones, insólitamente crudas en él, donde aseguraba que en África había "líderes que un día comandaron ejércitos de liberación" y que luego habían hecho "una enorme riqueza" y únicamente se mostraban interesados en "explotar a los pobres y movilizar a niños para lanzarlos a morir por su enriquecimiento personal". 

"Esa es la lección de la historia", sentenciaba Mandela, que "los tiranos de hoy pueden ser destruidos por vosotros [los pueblos que los padecen], y confío en que tengáis la capacidad de hacerlo". Preguntado por los asombrados periodistas si se estaba refiriendo a Mugabe, Mandela respondió: "Todo el mundo sabe de quién estoy hablando". En junio de 2008 Mandela volvería a fustigar a Mugabe, denunciando el "trágico fracaso del liderazgo" del presidente zimbabwo. 

La tendencia a buscar en la nueva Sudáfrica democrática una autoridad fuerte para la resolución de todo tipo de desavenencias y crisis nacionales en los estados de la zona pareció prefigurar un escenario de presencia militar activa. Sin embargo, el Mandela presidente se mostró bastante reticente a las fórmulas expeditivas, que permitirían a Sudáfrica demostrar a las claras su condición de potencia regional en la parte meridional del continente (como Nigeria podía serlo en África occidental), por entender que las intervenciones militares, ya fueran de interposición, de pacificación o en misión humanitaria, podían fácilmente añadir más leña al fuego y agravar el conflicto de turno.

La única excepción a este pensamiento, no por ello menos clamorosa y polémica por su carácter drástico y de injerencia, fue el envío el 22 de septiembre de 1998 de un destacamento de 800 soldados, junto con tropas de Botswana, al estado de Lesotho, pequeño reino independiente incrustado en Sudáfrica, entre las provincias del Cabo Oriental, KwaZulu-Natal y el Estado Libre, para poner orden en un contexto de crisis política poselectoral y de motines militares. 

La intervención del Ejército sudafricano, producida a petición del acosado primer ministro
Pakalitha Mosisili, dio lugar a algunos enfrentamientos con las tropas locales amotinadas en la capital, Maseru, antes de conseguir imponer la paz y preservar la legalidad constitucional. 

La actividad facilitadora de Mandela se cobró su mayor éxito en Burundi, donde en octubre de 1999 tomó el relevo al fallecido Julius Nyerere, el esclarecido ex presidente tanzano, en los esfuerzos para la instalación de un poder compartido entre las distintas tendencias de la minoría tutsi y la mayoría hutu, cuyos enfrentamientos sectarios desde 1993 habían arrastrado al pequeño país centroafricano a una devastadora guerra civil. 

El 28 de agosto de 2000 Mandela presidió en Arusha, Tanzania, la firma de un Acuerdo de Paz y Reconciliación, el cual, si bien no detuvo todavía la guerra civil, sí puso en marcha en Burundi una transición política que iba a culminar positivamente en 2005 con la celebración de elecciones democráticas. El líder sudafricano anunció el fin de su mediación en Burundi el primero de noviembre de 2001, en la inauguración, vigilada por 700 soldados de su país, del nuevo Gobierno multipartito de transición, aunque se comprometió a continuar como "garante moral" del Acuerdo de Arusha. 

Dentro de la Presidencia, la última mediación destacada de Mandela fue, en marzo de 1999, en las negociaciones entre el régimen libio de 
Muammar al-Gaddafi y los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido para la suspensión de las sanciones de la ONU al país magrebí a cambio de la entrega a la justicia escocesa, para su juicio en los Países Bajos, de los dos ciudadanos libios acusados de perpetrar el atentado contra el avión de la Pan Am que en 1988 fue destruido en pleno vuelo sobre la localidad de Lockerbie. 

Steve Jobs. La biografía El plan de Markkula


Steve Jobs. La biografía
El plan de Markkula consistía en llegar más allá del mercado de los aficionados a la tecnología. «Hablaba de cómo introducir el ordenador en casas normales, con gente normal, para que hicieran cosas como almacenar sus recetas favoritas o controlar sus cuentas de gastos», recordaba Wozniak. Markkula realizó una predicción muy audaz: «Vamos a ser una de las quinientas empresas más importantes en la lista de Fortune dentro de dos años. Este es el comienzo de toda una industria. Es algo que ocurre una vez en una década». A Apple le hicieron falta siete años para entrar en la lista de Fortune, pero la esencia de la predicción de Markkula resultó ser cierta.
Markkula se ofreció a avalar una línea de crédito de hasta 250.000 dólares a cambio de recibir un tercio de las participaciones de la empresa. Apple debía constituirse como corporación, y tanto él como Jobs y Wozniak recibirían cada uno el 26 % de las acciones. El resto se reservaría para atraer a futuros inversores. Los tres se reunieron en la cabaña situada junto a la piscina de Markkula y firmaron el trato. «Me parecía improbable que Mike volviera a ver alguna vez sus 250.000 dólares, y me impresionó que estuviera dispuesto a arriesgarse», recordaba Jobs.
Ahora era necesario convencer a Wozniak para que se dedicara a Apple a tiempo completo. «¿Por qué no puedo hacer esto como segundo trabajo y seguir en Hewlett-Packard como un empleo asegurado para el resto de mi vida?», preguntó. Markkula dijo que aquello no iba a funcionar, y le fijó una fecha límite a los pocos días para que se decidiera. «Crear una empresa me provocaba mucha inseguridad: me iban a pedir que diera órdenes a los demás y controlara su trabajo —comentó Wozniak—. Y yo sabía desde mucho tiempo atrás que nunca me iba a convertir en alguien autoritario». Por consiguiente, se dirigió a la cabaña de Markkula y aseguró que no pensaba abandonar Hewlett-Packard.
Markkula se encogió de hombros y dijo que de acuerdo, pero Jobs se enfadó mucho. Llamó a Wozniak para tratar de engatusarlo. Le pidió a algunos amigos que intentaran convencerlo. Gritó, chilló e incluso estalló un par de veces. Llegó a ir a casa de los padres de Wozniak, rompió a llorar y pidió la ayuda de Jerry Wozniak.
Para entonces, el padre de Woz se había dado cuenta de que apostar por el Apple II implicaba la posibilidad de ganar mucho dinero, y se unió a la causa de Jobs.
«Comencé a recibir llamadas en casa y en el trabajo de mi padre, mi madre, mi hermano y varios amigos —afirmó Wozniak—. Todos ellos me decían que había tomado la decisión equivocada». Nada de aquello surtió efecto. Hasta que Allen Baum —su compañero del club Buck Fry en el instituto Homestead— lo llamó. «Sí que deberías lanzarte y hacerlo», le dijo. Agregó que si entraba a trabajar a tiempo completo en Apple no tendría que ascender a puestos de dirección ni dejar de ser un ingeniero. «Aquello era exactamente lo que yo necesitaba oír —afirmó Wozniak—. Podía quedarme en la escala más baja del organigrama de la empresa, como ingeniero». Llamó a Jobs y le comunicó que ya estaba listo para embarcarse en el proyecto.
El 3 de enero de 1977, se creó oficialmente la nueva corporación, Apple Computer Co., que procedió a absorber la antigua sociedad formada por Jobs y Wozniak nueve meses antes. Poca gente tomó nota de aquello. Aquel mes, el Homebrew Club realizó una encuesta entre sus miembros y se vio que, de los 181 asistentes que poseían un ordenador personal, solo seis tenían un Apple. Jobs estaba convencido, no obstante, de que el Apple II cambiaría aquella situación.
Markkula se convirtió en una figura paterna para Jobs. Al igual que su padre adoptivo, estimulaba su gran fuerza de voluntad, y al igual que su padre biológico, acabó por abandonarlo. «Markkula representó para Steve una relación paternofilial tan fuerte como cualquier otra que este hubiera tenido», afirmó el inversor de capital riesgo Arthur Rock. Markkula comenzó a enseñarle a Jobs el mundo del marketing y las ventas. «Mike me tomó bajo su ala —dijo Jobs—. Sus valores eran muy similares a los míos. Siempre subrayaba que nunca se debía crear una empresa para hacerse rico. La meta debía ser producir algo en lo que creyeras y crear una compañía duradera».
Markkula escribió sus valores en un documento de una hoja, y lo tituló: «La filosofía de marketing de Apple», en el que se destacaban tres puntos. El primero era la empatía, una conexión íntima con los sentimientos del cliente. «Vamos a comprender sus necesidades mejor que ninguna otra compañía». El segundo era la concentración. «Para realizar un buen trabajo en aquello que decidamos hacer, debemos descartar lo que resulte irrelevante». El tercer y último valor, pero no por ello menos importante, recibía el incómodo nombre de «atribución». Tenía que ver con cómo la gente se forma una opinión sobre una compañía o un producto basándose en las señales que estos emiten. «La gente sí que juzga un libro por su cubierta —escribió—. Puede que tengamos el mejor producto, la mayor calidad, el software más útil, etcétera; pero si le ofrecemos una presentación chapucera, la gente pensará que es una chapuza; si lo presentamos de forma creativa y profesional, le estaremos atribuyendo las cualidades deseadas».
Durante el resto de su carrera, Jobs se preocupó, a veces de forma obsesiva, por el marketing y la imagen, e incluso por los detalles del empaquetado. «Cuando abres la caja de un iPhone o de un iPad, queremos que la experiencia táctil establezca la tónica de cómo vas a percibir el producto —declaró—. Mike me enseñó aquello».
REGIS MCKENNA
Un primer paso en el proceso era convencer al principal publicista del valle, Regis McKenna, para que se incorporara a Apple. McKenna, que provenía de Pittsburgh, de una familia numerosa de clase trabajadora, tenía metida en los huesos una dureza fría como el acero, pero la disfrazaba con su encanto. Tras abandonar los estudios universitarios, había trabajado para compañias como Fairchild y National Semiconductor antes de crear su propia empresa de relaciones públicas y publicidad. Sus dos especialidades eran organizar entrevistas exclusivas entre sus clientes y periodistas de su confianza, y diseñar memorables campañas publicitarias que sirvieran para crear imagen de marca con productos como los microchips. Una de aquellas campañas consistía en una serie de coloridos anuncios de prensa para Intel en los que aparecían coches de carreras y fichas de póker, en lugar de los habituales e insulsos gráficos de rendimiento. Aquellos anuncios llamaron la atención de Jobs. Telefoneó a Intel y les preguntó quién los había creado. «Regis McKenna», le dijeron. «Yo les pregunté qué era un Regis McKenna —comentó Jobs—, y me dijeron que era una persona». Cuando Jobs lo llamó, no logró ponerse en contacto con McKenna. En vez de eso lo pasaron con Frank Burge, un director de contabilidad, que trató de deshacerse de él. Jobs siguió llamando casi a diario.
Fuente: Steve Jobs. La biografía
Walter Isaacson
Traducción de
David González-Iglesias González/Torreclavero

Steve Jobs. La biografía



Steve Jobs. La biografía


Walter Isaacson
Aquello significaba que el suministro eléctrico no se encendía y apagaba sesenta veces por segundo, sino miles de veces, lo que permitía almacenar la energía durante un tiempo mucho menor, y por lo tanto desprendía menos calor. «Aquella fuente de alimentación conmutada fue tan revolucionaria como la placa lógica del Apple II — declaró posteriormente Jobs—. A Rod no le reconocen lo suficiente este mérito en los libros de historia, pero deberían. Todos los ordenadores actuales utilizan fuentes de alimentación conmutadas, y todas son una copia del diseño de Rod». A pesar de toda la brillantez de Wozniak, esto no es algo que él pudiera haber hecho. «Yo apenas sabía lo que era una fuente de alimentación conmutada», reconoció.
Paul Jobs le había enseñado en una ocasión a su hijo que la búsqueda de la perfección implicaba preocuparse incluso del acabado de las piezas que no estaban a la vista, y Steve aplicó aquella idea a la presentación de la placa base del Apple II; rechazó el diseño inicial porque las líneas no eran lo suficientemente rectas. Pero esta pasión por la perfección lo llevó a exacerbar sus ansias de controlarlo todo. A la mayoría de los aficionados a la electrónica y a los hackers les gustaba personalizar, modificar y conectar distintos elementos a sus ordenadores. Sin embargo, en opinión de Jobs, aquello representaba una amenaza para una experiencia integral y sin sobresaltos por parte de los usuarios. Wozniak, que en el fondo tenía alma de hacker, no estaba de acuerdo. Quería incluir ocho ranuras en el Apple II para que los usuarios pudieran insertar todas las placas de circuitos de menor tamaño y todos los periféricos que quisieran. Jobs insistió en que solo fueran dos, una para una impresora y otra para un módem. «Normalmente soy muy fácil de tratar, pero esta vez le dije: “Si eso es lo que quieres, vete y búscate otro ordenador” —recordaba Wozniak—. Sabía que la gente como yo acabaría por construir elementos que pudieran añadir a cualquier ordenador». Wozniak ganó la discusión aquella vez, pero podía sentir cómo su poder menguaba. «En aquel momento me encontraba todavía en una posición en la que podía hacer algo así. Ese no sería siempre el caso».
MIKE MARKKULA
Todo esto requería dinero. «La preparación de aquella carcasa de plástico iba a costar cerca de 100.000 dólares —señaló Jobs—, y llevar todo aquel diseño a la etapa de producción nos iba a costar unos 200.000 dólares». Volvió a visitar a Nolan Bushnell, en esta ocasión para pedirle que invirtiera algo de dinero y aceptara una participación minoritaria en la compañía. «Me pidió que pusiera 50.000 dólares y a cambio me entregaría un tercio de la compañía —comentó Bushnell—. Yo fui listísimo y dije que no. Ahora hasta me resulta divertido hablar de ello, cuando no estoy ocupado llorando».
Bushnell le sugirió a Jobs que probara suerte con un hombre franco y directo, Don Valentine, un antiguo director de marketing de la compañía National Semiconductor que había fundado Sequoia Capital, una de las primeras entidades de capital riesgo. Valentine llegó al garaje de Jobs a bordo de un Mercedes y vestido con traje azul, camisa y una elegante corbata. Bushnell recordaba que Valentine lo llamó justo después para preguntarle, solo medio en broma: «¿Por qué me has enviado a ver a esos renegados de la especie humana?». Valentine afirmó que no recordaba haber dicho tal cosa, pero admitió que pensó que el aspecto y el olor de Jobs eran más bien extraños. «Steve trataba de ser la personificación misma de la contracultura —comentó—. Llevaba una barba rala, estaba muy delgado y se parecía a Ho Chi Minh».
En todo caso, Valentine no se había convertido en un destacado inversor de Silicon Valley por fiarse de las apariencias. Lo que más le preocupaba era que Jobs no sabía nada de marketing, y que parecía dispuesto a ir vendiendo su producto por las tiendas de una en una. «Si quieres que te financie —le dijo Valentine— necesitas contar con una persona como socio que comprenda el marketing y la distribución y que pueda redactar un plan de negocio». Jobs tendía a mostrarse o cortante o solícito cuando personas mayores que él le daban consejos. Con Valentine sucedió esto último. «Envíame a tres posibles candidatos», contestó. Valentine lo hizo, Jobs entrevistó y conectó bien con uno de ellos, un hombre llamado Mike Markkula. Este acabaría por desempeñar una función crucial en Apple durante las dos décadas siguientes.
Markkula solo tenía treinta y tres años, pero ya se había retirado después de trabajar primero en Fairchild y luego en Intel, donde había ganado millones con sus acciones cuando el fabricante de chips salió a la Bolsa. Era un hombre cauto y astuto, con los gestos precisos de alguien que hubiera practicado la gimnasia en el instituto. Poseía un gran talento a la hora de diseñar políticas de precios, redes de distribución, estrategias de marketing y sistemas de control de finanzas. Y a pesar de su carácter un tanto reservado, también exhibía un lado ostentoso a la hora de disfrutar de su recién amasada fortuna. Se había construido él mismo una casa en el lago Tahoe, y después una inmensa mansión en las colinas de Woodside. Cuando se presentó para su primera reunión en el garaje de Jobs, no conducía un Mercedes oscuro como Valentine, sino un bruñidísimo Corvette descapotable dorado. «Cuando llegué al garaje, Woz estaba sentado a la mesa de trabajo y enseguida me enseñó orgulloso el Apple II —recordaría Markkula—. Yo pasé por alto el hecho de que los dos chicos necesitaban un corte de pelo, y quedé sorprendido con lo que vi en aquella mesa. Para el corte de pelo siempre habría tiempo».
A Jobs, Markkula le gustó al instante. «Era de baja estatura, y no lo habían tenido en cuenta para la dirección de marketing en Intel, lo cual, sospecho, influía en que quisiera demostrar su valía». A Jobs le pareció también un hombre decente y de fiar. «Se veía que no iba a jugártela aunque pudiera. Era persona con valores morales».
Wozniak quedó igualmente impresionado. «Pensé que era la persona más agradable que había conocido —aseguró—, ¡y lo mejor de todo es que le gustaba nuestro producto!».
Markkula le propuso a Jobs que desarrollaran juntos un plan de negocio. «Si el resultado es bueno, invertiré en ello —ofreció—, y si no, habrás conseguido gratis algunas semanas de mi tiempo». Jobs comenzó a acudir por las tardes a casa de Markkula, donde barajaban diferentes proyecciones financieras y se quedaban hablando hasta bien entrada la noche. «Realizábamos muchas suposiciones, como la de cuántos hogares querrían tener un ordenador personal, y había noches en las que nos quedábamos discutiendo hasta las cuatro de la madrugada», recordaba Jobs. Markkula acabó redactando la mayor parte del plan. «Steve solía decirme que me traería un apartado u otro en la siguiente ocasión, pero por lo general no lo entregaba a tiempo, así que acabé haciéndolo yo».
Fuente: Steve Jobs. La biografía
Walter Isaacson
Traducción de
David González-Iglesias González/Torreclavero

Davis, Bette : Actriz cinematográfica estadounidense

Dávila, Miguel  :  Militar y político hondureño (m. 1927). Presidente de la Republica (1907-1911)


Davis, Bette  :  Actriz cinematográfica estadounidense (1908-1989). De los ochenta filmes en que, aproximadamente intervino, los más conocidos son: Of human bondage (1934), Dangerous (1935), Jezabel (1938), All about Eve (1950), The Star (1953), What happened to Baby Jane? (1962)

Davis, Jefferson  :  Político estadounidense (1808-1889), presidente de la Confederación Sudista durante la guerra de Secesión

Davy, Humphrey  :  Químico ingles (1778-1829), inventor de la lámpara de seguridad que lleva su nombre, utilizada en las minas


Dayan, Moshe  :  Militar y político israelí (1915-1981). Reputado estratega, dirigió la campaña del Sinaí (1956) contra Egipto y, como ministro de Defensa, la ofensiva relámpago israelí de la guerra de los Seis Días (1967)

Calvo Sotelo, José : Político español

Calvo Sotelo, José  :  Político español (1893-1936). Ministro de Hacienda (1925-1930) bajo la dictadura del general Primo de Rivera. Su asesinato (13 de julio de 1936) a manos de un grupo de guardias de asalto incontrolados, se considera el detonante más inmediato del alzamiento del 18 de julio

Calvo Sotelo, Leopoldo  :  Político español (1926-    ). Miembro de UCD y ministro con C. Arias Navarro y A. Suárez. Presidente del gobierno de 1981 a 1982

Cam  :  Uno de los tres hijos de Noé, fundador de la estirpe de los camitas, sgún la genealogía de la Biblia.

Camacho Guizado, Eduardo  :  Crítico y novelista colombiano (1937-    ). La elegía funeral en la poesía española, José Asunción Silva, Sobre la raya


Camacho Guizado, Ricardo  :  Director de teatro colombiano  (1946-    ). Fundador del Teatro Libre de Bogotá

Churriguera : Familia de arquitectos y escritores españoles

Chueca, Federico  :  Compositor español (1846-1908). La Gran Vía; La alegría de la huerta

Churchill, Winston  :  Estadista británico (1874-1965). Ingresó en el ejército en 1895. En 1911 fue nombrado primer lord del Almirantazgo, puesto que abandonó (1915) tras el fracaso del desembarco en los Dardanelos, durante la primera Guerra Mundial. Nuevamente ministro en varias ocasiones. Al estallar la segunda Guerra Mundial (1939) entró a formar parte del gobierno y desde mayo de 1940 hasta julio de 1945 fue primer ministro. Primer ministro otra vez (1951-1955). Premio Nóbel de Literatura (1953). La segunda Guerra Mundial (memoria). Historia de los pueblos de habla inglesa

Churriguera  :  Familia de arquitectos y escritores españoles de los siglos xvii y xviii, que han dado nombre a una fase del barroco español (churrigueresco). José Benito (1665-1725) trabajó en Madrid y Salamanca y proyectó el Nuevo Baztán, cerca de Madrid. Su hermano Alberto (1676-1740) es autor de la fachada de la catedral de Valladolid y de la Plaza Mayor de Salamanca

Ciaxeres  :  Rey de los medos (633-584 a. C.); aliado con el rey de Babilonia, Nabopolasar, destruyó el imperio asirio (612)

Cibeles  :  Mitología Diosa asiática de la Tierra y de la fecundidad, que los romanos llamaron Rea,  también Gran Madre de los Dioses.


Eiffel, Alexandre-Gustave

Eiffel, Alexandre-Gustave  :  Ingeniero francés (1832-1923). Construyó en París, para la Exposición Universal de 1889, la torre -, completamente de hierro, de 300 m. de altura.

Eigen, Manfred  :  Físico alemán (1927-    ). Estudió las reacciones química ultrarrápidas. Premio Nóbel de Física 1967

Einstein, Albert  :  Físico y matemático alemán (1879-1955). Se graduó en física en el Instituto Politécnico de Zurich (1900) y en 1905 publicó tres trabajos de fundamental importancia para la física moderna: en el primero, que le habría de valer el Premio Nobel de Física 1921, explicaba el efecto fotoeléctrico (fotoelectricidad); en el segundo estudiaba las relaciones existentes entre masa y energía, estableciendo la famosa ecuación E = mc2; en el tercero, sentaba las bases de la teoría de la relatividad restringida, de consecuencias revolucionarias para la física moderna. En 1916 expuso la teoría de la relatividad generalizada. Privado de la nacionalidad al. por el gobierno nazi, a causa de su origen semítico, se refugió en EE.UU. Trabajó en el Instituto de Estudios de Princeton hasta 1945. E v.b.t

Eisenhower, Dwight David  :  General y estadista estadounidense (1890-1969). Durante la segunda Guerra Mundial dirigió el desembarco en África del N y fue comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa occid. Candidato republicano, fue elegido presidente de EE.UU. (1952-1956 y 1956-1960). Concluyó el armisticio en Corea


Eisenstein, Serguéi Mijáilovich  :  Director cinematográfico ruso (1898-1948), uno de los valores más relevantes de la historia del séptimo arte. El acorazado Potiomkin (1925); Octubre (1928); Iván el Terrible (1944-1946)

Nelson Mandela Parte 10 - Despedida institucional y segundo matrimonio




3.4. Despedida institucional y segundo matrimonio
Y es que las previsiones sucesorias las había activado Mandela el 7 de julio de 1996 con el anuncio de que renunciaba a presentarse en 1999 a la reelección presidencial, que la Constitución le permitía, y de que propondría a Mbeki para tomar las riendas del partido y el Gobierno. La transferencia de la presidencia ejecutiva del ANC y la proclamación de la candidatura a presidente de la República se produjeron el 18 de diciembre de 1997 en la 50ª Conferencia Nacional, celebrada en Mafikeng, Provincia del Noroeste. 

A partir de este momento, Mbeki fungió como un jefe del Gobierno de facto, a medida que Mandela iba alejándose del ejercicio rutinario del poder y destinaba gran parte de su tiempo a la actividad internacional en su sentido más amplio y a cumplir con su papel simbólico de padre de la nación, mediante giras, visitas y actos de dimensiones humana y moral. 

Su vida privada inició también una nueva andadura. Divorciado de Winnie de común acuerdo el 19 de marzo de 1996, el presidente escogió el día de su 80 cumpleaños, el 18 de julio de 1998, para contraer terceras nupcias en Johannesburgo con Graça Simbine Machel, de 52 años, viuda del antiguo presidente mozambiqueño Samora Machel, a la que había conocido en Maputo en 1990 y que era su compañera sentimental, que se supiera, desde 1996. La mozambiqueña era madre de cuatro hijos, dos de ellos adoptados. 

La más pura tradición tribal imperó en las bambalinas de estos esponsales: el clan de Machel cobró una copiosa dote al novio, quien en las negociaciones prenupciales estuvo representado por el soberano de los thembu, el rey Buyelekhaya Zwelibanzi Dalindyebo, el cual era nieto del regente Jongintaba Dalindyebo, el padrino que había concertado el matrimonio no deseado al joven Mandela hacía más de medio siglo. 

En la primavera de 1999 el presidente realizó una vibrante gira nacional de despedida, en la que aleccionó a su pueblo en un sentido moral, aunque tampoco se privó de hacer diagnósticos negativos sobre una "sociedad enferma" incapaz de librarse de las lacras de la violencia y el sectarismo. 


4. UN REFERENTE INTERNACIONAL DE PRIMER ORDEN; LA PACIFICACIÓN DEL CONTINENTE 


4.1. Normalización de las relaciones con el exterior 

Con Mandela a su frente, Sudáfrica removió sus últimos estigmas internacionales. Las sanciones multilaterales de índole económica y comercial ya habían sido levantadas gradualmente desde 1991, a medida que la comunidad internacional comprobaba que la transición democrática progresaba sin posibilidad de vuelta atrás. El último castigo, el embargo de armas impuesto por el Consejo de Seguridad de la ONU en 1977 -con bien poca eficacia-, fue revocado el 25 de mayo de 1994. 

En las semanas y meses posteriores a la transferencia del poder el 10 mayo de 1994 se produjeron los retornos de Sudáfrica a la Commonwealth (1 de junio) y a la Asamblea General de Naciones Unidas (23 de junio), así como los ingresos en la Organización para la Unidad Africana (23 de mayo), el Movimiento de países No Alineados (31 de mayo) y la Comunidad de Desarrollo de África del Sur, SADC (30 de agosto). 

En marzo de 1995 Mandela recibió en Ciudad del Cabo a la reina 
Isabel II de Inglaterra y en marzo de 1998 el estadounidense Bill Clinton protagonizó otra visita histórica. 

Durban fue la sede de la XII Cumbre trienal del MNA en septiembre de 1998. En aquella ocasión, Mandela fue elegido presidente de turno de la organización para lo que le quedaba de mandato y declaró que su país tenía intención de mantener unas buenas relaciones con todos los estados, incluidos los que figuraban en la lista negra de Estados Unidos. 

El mandatario se desplazó a las principales capitales mundiales, participó en numerosas citas multilaterales y aceptó invitaciones especiales a cumbres de organizaciones de las que su país no era miembro, como el Consejo Europeo de Cardiff de junio de 1998, donde sin embargo no se logró firmar el acuerdo comercial que Sudáfrica venía negociando con la Unión Europea, y la XIV Cumbre presidencial del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), en Ushuaia, Argentina. 
3.4. Despedida institucional y segundo matrimonio
Y es que las previsiones sucesorias las había activado Mandela el 7 de julio de 1996 con el anuncio de que renunciaba a presentarse en 1999 a la reelección presidencial, que la Constitución le permitía, y de que propondría a Mbeki para tomar las riendas del partido y el Gobierno. La transferencia de la presidencia ejecutiva del ANC y la proclamación de la candidatura a presidente de la República se produjeron el 18 de diciembre de 1997 en la 50ª Conferencia Nacional, celebrada en Mafikeng, Provincia del Noroeste. 

A partir de este momento, Mbeki fungió como un jefe del Gobierno de facto, a medida que Mandela iba alejándose del ejercicio rutinario del poder y destinaba gran parte de su tiempo a la actividad internacional en su sentido más amplio y a cumplir con su papel simbólico de padre de la nación, mediante giras, visitas y actos de dimensiones humana y moral. 

Su vida privada inició también una nueva andadura. Divorciado de Winnie de común acuerdo el 19 de marzo de 1996, el presidente escogió el día de su 80 cumpleaños, el 18 de julio de 1998, para contraer terceras nupcias en Johannesburgo con Graça Simbine Machel, de 52 años, viuda del antiguo presidente mozambiqueño Samora Machel, a la que había conocido en Maputo en 1990 y que era su compañera sentimental, que se supiera, desde 1996. La mozambiqueña era madre de cuatro hijos, dos de ellos adoptados. 

La más pura tradición tribal imperó en las bambalinas de estos esponsales: el clan de Machel cobró una copiosa dote al novio, quien en las negociaciones prenupciales estuvo representado por el soberano de los thembu, el rey Buyelekhaya Zwelibanzi Dalindyebo, el cual era nieto del regente Jongintaba Dalindyebo, el padrino que había concertado el matrimonio no deseado al joven Mandela hacía más de medio siglo. 

En la primavera de 1999 el presidente realizó una vibrante gira nacional de despedida, en la que aleccionó a su pueblo en un sentido moral, aunque tampoco se privó de hacer diagnósticos negativos sobre una "sociedad enferma" incapaz de librarse de las lacras de la violencia y el sectarismo. 


4. UN REFERENTE INTERNACIONAL DE PRIMER ORDEN; LA PACIFICACIÓN DEL CONTINENTE 


4.1. Normalización de las relaciones con el exterior 

Con Mandela a su frente, Sudáfrica removió sus últimos estigmas internacionales. Las sanciones multilaterales de índole económica y comercial ya habían sido levantadas gradualmente desde 1991, a medida que la comunidad internacional comprobaba que la transición democrática progresaba sin posibilidad de vuelta atrás. El último castigo, el embargo de armas impuesto por el Consejo de Seguridad de la ONU en 1977 -con bien poca eficacia-, fue revocado el 25 de mayo de 1994. 

En las semanas y meses posteriores a la transferencia del poder el 10 mayo de 1994 se produjeron los retornos de Sudáfrica a la Commonwealth (1 de junio) y a la Asamblea General de Naciones Unidas (23 de junio), así como los ingresos en la Organización para la Unidad Africana (23 de mayo), el Movimiento de países No Alineados (31 de mayo) y la Comunidad de Desarrollo de África del Sur, SADC (30 de agosto). 

En marzo de 1995 Mandela recibió en Ciudad del Cabo a la reina 
Isabel II de Inglaterra y en marzo de 1998 el estadounidense Bill Clinton protagonizó otra visita histórica. 

Durban fue la sede de la XII Cumbre trienal del MNA en septiembre de 1998. En aquella ocasión, Mandela fue elegido presidente de turno de la organización para lo que le quedaba de mandato y declaró que su país tenía intención de mantener unas buenas relaciones con todos los estados, incluidos los que figuraban en la lista negra de Estados Unidos. 

El mandatario se desplazó a las principales capitales mundiales, participó en numerosas citas multilaterales y aceptó invitaciones especiales a cumbres de organizaciones de las que su país no era miembro, como el Consejo Europeo de Cardiff de junio de 1998, donde sin embargo no se logró firmar el acuerdo comercial que Sudáfrica venía negociando con la Unión Europea, y la XIV Cumbre presidencial del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), en Ushuaia, Argentina. 

Nelson Mandela Parte 9



3.2. Modelo económico mixto pobre en resultados
Al mismo tiempo, el ANC encontró compatible su definición socialista con la preservación del sistema capitalista y la economía de libre mercado, hasta el punto de inaugurar una nada acomplejada campaña de privatizaciones y liquidación de monopolios del Estado. 

Gracias a las privatizaciones, numerosos dirigentes y activistas del partido, empezando por Ramaphosa (que empezó a ser denostado por sus antiguos camaradas del COSATU y a recibir acusaciones de "traición" a causa de ello), descubrieron su faceta de avezados hombres de negocios dados a ostentar. Todos ellos se lucraron en el proceso, con las insuperables ventajas que ofrecía ser primero los diseñadores de las reglas del juego y a continuación los adjudicatarios preferentes en los repartos del pastel del Estado. 

La Estrategia Macroeconómica de Crecimiento, Empleo y Redistribución, más conocida como el programa GEAR, publicada en junio de 1996, recogía un conjunto de actuaciones ortodoxas (política monetaria antiinflacionista, disciplina fiscal, presupuestos prudentes) que apuntaban a un ajuste estructural de la economía sudafricana. 

En cuanto a una reforma agraria de resabio socialista que repartiera tierras productivas a los campesinos a gran escala y acabara con el monopolio blanco a corto o medio plazo, ni siquiera fue contemplada. En los medios izquierdistas no tardaron en escucharse expresiones de decepción y de enfado por el abandono de las metas más ambiciosas de justicia social, y por la emergencia de una nueva élite de privilegiados negros indiferentes a las penurias de sus hermanos de raza. 

El oficialismo congresista, sólidamente instalado en el Gobierno y el NEC, a la vez que preservaba y potenciaba el sector privado, apostó por unas políticas públicas vigorosas que hicieran posible la distribución de la renta nacional, la corrección de las abismales diferencias sociales y económicas en función de la raza y, sin proclamarlo abiertamente, para no dar pábulo a acusaciones de elitismo, la creación de una burguesía y una clase media negras liberadas de mentalidad asistencial y dispuestas a luchar por una parcela de riqueza en un contexto competitivo. 

El partido reconoció que, si bien la mayoría negra había conquistado el poder político, la sudafricana continuaba siendo una sociedad racialmente dividida, con la función pública, la Policía, las Fuerzas Armadas y la judicatura aún copadas por los blancos. En octubre de 1998 la Asamblea aprobó la Ley de Equidad en los Empleos, que se fundaba en el principio de la affirmative action, o discriminación positiva, en favor de los no blancos, aunque al finalizar la legislatura sus disposiciones seguían sin entrar en vigor. 

En conjunto, el ANC impartió unas directrices que tanto podían ser calificadas de socialdemócratas, por el papel central reservado al Estado en la mejora de los estándares de vida de las extensísimas capas de población pobre que nutrían su electorado, como de social-liberales o directamente liberales, al conceder grandes facilidades al capital corporativo e introducir desregulaciones, inclusive en el mercado laboral. En este sentido, Mandela, al igual que Mbeki, se mostró más –por no decir, únicamente- reformista que revolucionario, y más gradualista que expeditivo. 

Comparadas con las elevadas expectativas sociales alumbradas en 1994, las actuaciones del Gobierno en este terreno dejaron al final del quinquenio un panorama de claroscuros, predominando seguramente la segunda tonalidad. 

Llegada la hora de la partida de Mandela, se trazó un balance agridulce del compromiso con la emancipación socioeconómica de la mayoría negra, pues si bien esta había mejorado un tanto su situación con la extensión de los servicios sociales en los populosos barrios marginales y el surgimiento de una incipiente clase media, los blancos, que constituían menos del 14% de la población, seguían regentando la práctica totalidad del sistema financiero y el mundo de los negocios. En este sentido, las políticas de equidad y redistributivas, cuyo verdadero desarrollo iba a competir a futuras administraciones, apenas hicieron notar sus efectos positivos. 

Además, en los dos últimos años de la presidencia de Mandela, la producción económica creció por debajo del ritmo demográfico. La acusada flojera del PIB sudafricano, explicada por la caída del precio del oro y la falta de inversiones foráneas, y que no dejó de ser paradójica, luego de ser levantados todos los embargos y boicots internacionales que pesaban sobre Sudáfrica, unida a las reconversiones y las privatizaciones industriales, agravó el paro, que alcanzó niveles exorbitantes. En 1999, no menos de 35% de la población activa estaba desocupada; la tasa no iba sino a aumentar en los años siguientes. 

A mayor abundamiento en este repertorio de asignaturas pendientes, el Gobierno de Mandela fue incapaz de contener la explosión de una violencia paulatinamente despolitizada y relacionada con la delincuencia común, fenómeno que suele azotar a todas las sociedades recién salidas de una confrontación civil y que en el caso de Sudáfrica se entremezcló con nuevas e inquietantes formas de extremismo. La ola de criminalidad producía, en números redondos, 25.000 asesinatos y 50.000 violaciones al año, en un país de 39 millones de habitantes. 

Otro de los grandes débitos achacados al Gobierno de Mandela afectó a la lucha contra el sida, pandemia que en Sudáfrica registraba unas cifras escalofriantes. Pese a activarse un Plan Nacional, un Comité Inter-Departamental (IDC), un Comité Inter-Ministerial (IMC) y un Partenariado sobre el sida y el virus HIV, las políticas públicas para combatir la enfermedad estuvieron muy a la zaga de los avances médicos. La estrategia nacional contra el sida fue ampliamente tachada de incoherente e inefectiva por los trabajadores sanitarios y las ONG. 
3.2. Modelo económico mixto pobre en resultados
Al mismo tiempo, el ANC encontró compatible su definición socialista con la preservación del sistema capitalista y la economía de libre mercado, hasta el punto de inaugurar una nada acomplejada campaña de privatizaciones y liquidación de monopolios del Estado. 

Gracias a las privatizaciones, numerosos dirigentes y activistas del partido, empezando por Ramaphosa (que empezó a ser denostado por sus antiguos camaradas del COSATU y a recibir acusaciones de "traición" a causa de ello), descubrieron su faceta de avezados hombres de negocios dados a ostentar. Todos ellos se lucraron en el proceso, con las insuperables ventajas que ofrecía ser primero los diseñadores de las reglas del juego y a continuación los adjudicatarios preferentes en los repartos del pastel del Estado. 

La Estrategia Macroeconómica de Crecimiento, Empleo y Redistribución, más conocida como el programa GEAR, publicada en junio de 1996, recogía un conjunto de actuaciones ortodoxas (política monetaria antiinflacionista, disciplina fiscal, presupuestos prudentes) que apuntaban a un ajuste estructural de la economía sudafricana. 

En cuanto a una reforma agraria de resabio socialista que repartiera tierras productivas a los campesinos a gran escala y acabara con el monopolio blanco a corto o medio plazo, ni siquiera fue contemplada. En los medios izquierdistas no tardaron en escucharse expresiones de decepción y de enfado por el abandono de las metas más ambiciosas de justicia social, y por la emergencia de una nueva élite de privilegiados negros indiferentes a las penurias de sus hermanos de raza. 

El oficialismo congresista, sólidamente instalado en el Gobierno y el NEC, a la vez que preservaba y potenciaba el sector privado, apostó por unas políticas públicas vigorosas que hicieran posible la distribución de la renta nacional, la corrección de las abismales diferencias sociales y económicas en función de la raza y, sin proclamarlo abiertamente, para no dar pábulo a acusaciones de elitismo, la creación de una burguesía y una clase media negras liberadas de mentalidad asistencial y dispuestas a luchar por una parcela de riqueza en un contexto competitivo. 

El partido reconoció que, si bien la mayoría negra había conquistado el poder político, la sudafricana continuaba siendo una sociedad racialmente dividida, con la función pública, la Policía, las Fuerzas Armadas y la judicatura aún copadas por los blancos. En octubre de 1998 la Asamblea aprobó la Ley de Equidad en los Empleos, que se fundaba en el principio de la affirmative action, o discriminación positiva, en favor de los no blancos, aunque al finalizar la legislatura sus disposiciones seguían sin entrar en vigor. 

En conjunto, el ANC impartió unas directrices que tanto podían ser calificadas de socialdemócratas, por el papel central reservado al Estado en la mejora de los estándares de vida de las extensísimas capas de población pobre que nutrían su electorado, como de social-liberales o directamente liberales, al conceder grandes facilidades al capital corporativo e introducir desregulaciones, inclusive en el mercado laboral. En este sentido, Mandela, al igual que Mbeki, se mostró más –por no decir, únicamente- reformista que revolucionario, y más gradualista que expeditivo. 

Comparadas con las elevadas expectativas sociales alumbradas en 1994, las actuaciones del Gobierno en este terreno dejaron al final del quinquenio un panorama de claroscuros, predominando seguramente la segunda tonalidad. 

Llegada la hora de la partida de Mandela, se trazó un balance agridulce del compromiso con la emancipación socioeconómica de la mayoría negra, pues si bien esta había mejorado un tanto su situación con la extensión de los servicios sociales en los populosos barrios marginales y el surgimiento de una incipiente clase media, los blancos, que constituían menos del 14% de la población, seguían regentando la práctica totalidad del sistema financiero y el mundo de los negocios. En este sentido, las políticas de equidad y redistributivas, cuyo verdadero desarrollo iba a competir a futuras administraciones, apenas hicieron notar sus efectos positivos. 

Además, en los dos últimos años de la presidencia de Mandela, la producción económica creció por debajo del ritmo demográfico. La acusada flojera del PIB sudafricano, explicada por la caída del precio del oro y la falta de inversiones foráneas, y que no dejó de ser paradójica, luego de ser levantados todos los embargos y boicots internacionales que pesaban sobre Sudáfrica, unida a las reconversiones y las privatizaciones industriales, agravó el paro, que alcanzó niveles exorbitantes. En 1999, no menos de 35% de la población activa estaba desocupada; la tasa no iba sino a aumentar en los años siguientes. 

A mayor abundamiento en este repertorio de asignaturas pendientes, el Gobierno de Mandela fue incapaz de contener la explosión de una violencia paulatinamente despolitizada y relacionada con la delincuencia común, fenómeno que suele azotar a todas las sociedades recién salidas de una confrontación civil y que en el caso de Sudáfrica se entremezcló con nuevas e inquietantes formas de extremismo. La ola de criminalidad producía, en números redondos, 25.000 asesinatos y 50.000 violaciones al año, en un país de 39 millones de habitantes. 

Otro de los grandes débitos achacados al Gobierno de Mandela afectó a la lucha contra el sida, pandemia que en Sudáfrica registraba unas cifras escalofriantes. Pese a activarse un Plan Nacional, un Comité Inter-Departamental (IDC), un Comité Inter-Ministerial (IMC) y un Partenariado sobre el sida y el virus HIV, las políticas públicas para combatir la enfermedad estuvieron muy a la zaga de los avances médicos. La estrategia nacional contra el sida fue ampliamente tachada de incoherente e inefectiva por los trabajadores sanitarios y las ONG. 

Nelson Mandela Parte 8



3. EL MANDELA PRESIDENTE: LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO MULTIRRACIAL Y LA ASIGNATURA SOCIOECONÓMICA 
En Mandela recayeron todas las esperanzas de un pueblo que, si bien había conseguido la plenitud de derechos políticos, aún topaba con barreras, por el momento infranqueables, para su promoción social, educativa y profesional, y que, por encima de todo, ansiaba salir de su extremada postración económica. Los millones de habitantes de los guetos y los barrios de miseria que rodeaban Johannesburgo, Ciudad del Cabo, Durban y otras urbes habían esperado toda su vida este momento y la mayoría estaban dispuestos a esperar, con ilusionada paciencia, un poco más. 


3.1. Una democracia operativa

El presidente definió unas reglas de juego que equilibraban el dominio indiscutible del ANC con la cooperación y la concesión de parcelas de poder y responsabilidad a los demás partidos importantes, algunos de los cuales –particularmente, el Inkatha de Buthelezi- no eran aliados naturales y ni tan siquiera fácticos, sino sólo unos socios forzosos y necesarios, en aras del bien común. 

Con sensatez y realismo, Mandela confió al NP sectores clave de manera casi en exclusiva, como la dirección económica y la alta empresa, o en un régimen de cogestión, como la defensa y la seguridad interior. Con Mandela a su frente, el ANC renunció a ejercer el rodillo negro, tan temido por los antiguos amos del país, aunque también era cierto que la no tenencia de la mayoría absoluta de dos tercios en el Legislativo, requerida para aprobar reformas constitucionales, no era un estímulo para las hipotéticas tentaciones de hegemonía absoluta. 

En el quinquenio presidencial, el sistema político innegablemente funcionó: se aseguró el total respaldo internacional; implicó a las élites blancas, luego de calmar sus últimas aprensiones, en la normalización del país; desarmó dialécticamente, con más rapidez de lo esperado, a la extrema derecha racista, que se automarginó completamente del escenario político; y apaciguó a ojos vista –aunque no del todo- las tensiones violentas en la provincia de KwaZulu-Natal, luego de ir aceptando el IFP su posición secundaria en el nuevo orden político. 

El ANC asimiló los principios de la democracia parlamentaria más exquisita, permitiendo el normal funcionamiento de una verdadera oposición política (aunque sin posibilidad de alternancia por voluntad de la mayoría), una libertad de prensa que para sí quisieran algunos países europeos, un poder judicial independiente y el marco jurídico que brindaba una de las constituciones más progresistas del mundo. 
3. EL MANDELA PRESIDENTE: LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO MULTIRRACIAL Y LA ASIGNATURA SOCIOECONÓMICA 
En Mandela recayeron todas las esperanzas de un pueblo que, si bien había conseguido la plenitud de derechos políticos, aún topaba con barreras, por el momento infranqueables, para su promoción social, educativa y profesional, y que, por encima de todo, ansiaba salir de su extremada postración económica. Los millones de habitantes de los guetos y los barrios de miseria que rodeaban Johannesburgo, Ciudad del Cabo, Durban y otras urbes habían esperado toda su vida este momento y la mayoría estaban dispuestos a esperar, con ilusionada paciencia, un poco más. 


3.1. Una democracia operativa

El presidente definió unas reglas de juego que equilibraban el dominio indiscutible del ANC con la cooperación y la concesión de parcelas de poder y responsabilidad a los demás partidos importantes, algunos de los cuales –particularmente, el Inkatha de Buthelezi- no eran aliados naturales y ni tan siquiera fácticos, sino sólo unos socios forzosos y necesarios, en aras del bien común. 

Con sensatez y realismo, Mandela confió al NP sectores clave de manera casi en exclusiva, como la dirección económica y la alta empresa, o en un régimen de cogestión, como la defensa y la seguridad interior. Con Mandela a su frente, el ANC renunció a ejercer el rodillo negro, tan temido por los antiguos amos del país, aunque también era cierto que la no tenencia de la mayoría absoluta de dos tercios en el Legislativo, requerida para aprobar reformas constitucionales, no era un estímulo para las hipotéticas tentaciones de hegemonía absoluta. 

En el quinquenio presidencial, el sistema político innegablemente funcionó: se aseguró el total respaldo internacional; implicó a las élites blancas, luego de calmar sus últimas aprensiones, en la normalización del país; desarmó dialécticamente, con más rapidez de lo esperado, a la extrema derecha racista, que se automarginó completamente del escenario político; y apaciguó a ojos vista –aunque no del todo- las tensiones violentas en la provincia de KwaZulu-Natal, luego de ir aceptando el IFP su posición secundaria en el nuevo orden político. 

El ANC asimiló los principios de la democracia parlamentaria más exquisita, permitiendo el normal funcionamiento de una verdadera oposición política (aunque sin posibilidad de alternancia por voluntad de la mayoría), una libertad de prensa que para sí quisieran algunos países europeos, un poder judicial independiente y el marco jurídico que brindaba una de las constituciones más progresistas del mundo. 

Mary Kies Primera mujer norteamericana en conseguir una patente


Mary Kies
Primera mujer norteamericana en conseguir una patente
En 1790 la oficina de patentes abrió sus puertas para que cualquier persona,
hombre o mujer, protegiese su invención con una patente; pero en muchos estados las mujeres no podían poseer legalmente una patente independientemente de sus maridos, padres o hermanos por lo que muchos inventos de las mujeres no pudieron ser patentados o aparecen con el nombre de sus maridos. Hasta 1840 solamente
fueron publicadas 20 patentes de mujeres.
El 15 de mayo de 1809 Mary Dixon Kies se convirtió en la primera mujer estadounidense que obtenía una patente, independientemente de su marido. Natural de Connecticut, Kies inventó un proceso para tejer la paja con la seda, con lo que se convirtió en una gran precursora de la industria del sombrero. Desafortunadamente
su patente se perdió en el incendio de la Oficina de Patentes de 1836.
Fuente: Mujeres Inventoras
Raquel Barcos Reyero
Eulalia Pérez Sedeño
Para más información sobre éstas y otras inventoras:

http://inventors.about.com/ library/ blwomeninventors.htm  

ELÍ ELÍAS

ELÍ ELÍAS. Elías tisbita, oriundo probablemente de la aldea de Tisbet, en Galilea, era amigo de la vida al aire libre (2 Reyes 1:8) y gran corredor (1 Reyes 18:26). Predijo una sequía (1 Reyes 17:1) como castigo por la idolatría de Israel (1 Reyes 18:18). Durante esta sequía Elías fue alimentado por cuervos en el arroyo de Querit (1 Reyes 17:5-6) y cuando el arroyo se secó fue alimentado por una viuda (1 Reyes 17:10-16). En un desafío en el monte Carmelo, el profeta demostró que Jehová Dios, y no Baal, era el verdadero Dios (1 Reyes 18:20-39). Jezabel, esposa del rey Acab, procuró entonces matar a Elías, y éste huyó por el desierto hasta el monte Horeb, en donde Dios lo mantuvo cuarenta días y noches (1 Reyes 19:15-17). En el monte Horeb Dios, "en un silbo apacible", ordenó a Elías ungir a Hazael por rey de Siria, a Jehú por rey de Israel y a Eliseo como profeta suyo (1 Reyes 19:12-17). Igual que Enoc (Génesis 5:24), Elías fue trasladado al cielo sin pasar por la muerte.
Fuente: Mini biografías de grandes personajes bíblicos

Por Donald E. Demaray

Quetzalcóatl, dios tolteca y azteca, y soberano legendario de México

  Quetzalcóatl, dios tolteca y azteca, y soberano legendario de México, habitualmente identificado como la Serpiente Emplumada, traducción d...